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El lado menos visible del verano: los riesgos y desafíos del cuidado en personas mayores

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Viajes, cambios de rutina y menor disponibilidad de redes de apoyo hacen que durante el verano aumenten los riesgos para algunas personas mayores. Especialistas advierten que, más allá de la nueva Ley de Personas Mayores, el principal desafío sigue siendo cómo asegurar un cuidado continuo y efectivo en la vida diaria.

Mientras el país anunció este mes una nueva Ley Integral de Personas Mayores que reconoce derechos y promueve un envejecimiento digno, esta época del año se transforma en un período especialmente sensible para el cuidado de este grupo. No porque el problema no exista el resto del año, sino porque durante estos meses se concentran una serie de factores que pueden aumentar la vulnerabilidad de algunas personas mayores.

El verano trae consigo viajes, cambios de rutina y una reorganización de la vida familiar. En ese contexto, muchas de las redes informales de apoyo que sostienen el cuidado cotidiano -hijos, nietos o cuidadores no profesionales-, tienden a debilitarse temporalmente, dejando a algunas personas mayores con menor acompañamiento y supervisión.

A esto se suma que, en esta época, es más frecuente que se suspendan terapias, se espacien controles médicos o disminuya la disponibilidad de profesionales, junto con las altas temperaturas, que pueden incrementar el riesgo de deshidratación, caídas, desorientación y descompensaciones en personas con enfermedades crónicas.

Desde la mirada clínica, el verano también implica un cambio relevante en los patrones de riesgo. “En personas mayores, pequeños descuidos pueden tener consecuencias importantes. La falta de hidratación, el olvido de medicamentos, las caídas o la exposición al calor son factores que se vuelven más frecuentes cuando se rompen las rutinas habituales”, explica el geriatra Jorge Browne.

El especialista agrega que muchas de estas situaciones no responden necesariamente a cuadros graves, sino a la ausencia de seguimiento. “No se trata solo de enfermedades, sino de acompañamiento. Gran parte de las hospitalizaciones en verano podrían evitarse con supervisión básica, apoyo oportuno y alguien que esté atento a los cambios cotidianos”.

En ese contexto, la reciente ley instala el tema del envejecimiento en el centro del debate público, pero el escenario estival vuelve a poner una pregunta clave sobre la mesa: cómo se implementa el cuidado cuando las rutinas se rompen y las redes pueden volverse más frágiles.

“El cuidado no se toma vacaciones. Justamente en verano es cuando tienden a hacerse más visibles las brechas del sistema: menos seguimiento médico, cuidadores difíciles de reemplazar y familias que, sin proponérselo, pueden dejar espacios de vulnerabilidad”, explica Nicolás de la Carrera, fundador de SITU Care, organización chilena especializada en el acompañamiento integral de personas mayores en sus propios hogares.

Desde su experiencia, el principal vacío no está en la falta de normas, sino en la ausencia de un modelo estructurado de cuidado continuo. “Muchas personas quieren seguir viviendo en sus casas, pero eso requiere algo más que buena intención. Se necesita coordinación, seguimiento y apoyo profesional durante todo el año, no solo cuando ocurre una emergencia”.

Según De la Carrera, la nueva ley marca un avance importante, pero su impacto real dependerá de la capacidad del país para avanzar hacia un sistema que acompañe a las personas mayores de forma preventiva, flexible y sostenida en el tiempo.

“El desafío es pasar de un cuidado que depende de la disponibilidad de la familia a uno permanente, que considere tanto la salud física como el bienestar emocional. Envejecer con dignidad es una experiencia que se construye todos los días”, indica.

En este escenario, comienzan a surgir modelos de acompañamiento domiciliario que buscan responder a una necesidad que hoy no cubre completamente el sistema público ni las redes familiares tradicionales.

“Al final, el verano muestra con más claridad algo que ocurre todo el año: que el cuidado de las personas mayores no puede depender solo de la disponibilidad de la familia o de soluciones puntuales. Se necesita acompañamiento continuo, especialmente cuando las rutinas cambian”, concluye Nicolás de la Carrera.

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