
Cada vez más personas buscan entender qué contienen los alimentos, interpretar mejor las etiquetas y desarrollar hábitos que sean sostenibles en el tiempo.
Durante años, la conversación sobre nutrición ha estado dominada por las calorías, las dietas restrictivas y la idea de eliminar ciertos alimentos. Aunque esa visión sigue muy presente, también comienza a ganar espacio una mirada que pone el foco en la calidad de lo que se come, más que en la cantidad. Cada vez más personas revisan ingredientes, leen las etiquetas y buscan tomar decisiones más informadas, acordes con su estilo de vida.
Este cambio refleja una forma más consciente de relacionarse con la alimentación, donde el objetivo deja de ser restringir para privilegiar elecciones informadas, sin perder de vista el disfrute ni el equilibrio. “La tendencia también ha impulsado un mayor interés por conceptos como el aporte de fibra, la calidad de los ingredientes o el índice glicémico de algunos alimentos, aspectos que hace algunos años eran menos considerados por muchos consumidores”, explica Marcela Moreno, ingeniera en alimentos de Kingsbury.
Leer las etiquetas
El interés por conocer qué contienen los alimentos también se refleja en los hábitos de compra. Según la Radiografía Ciudadana del Etiquetado en Chile (2025), elaborada por la Corporación Nacional de Consumidores y Usuarios de Chile (Conadecus), el 88,2% de las personas declara revisar las etiquetas de los alimentos al menos ocasionalmente antes de comprarlos.
Sin embargo, leer una etiqueta nutricional va mucho más allá de revisar una cifra. Implica observar el tamaño de la porción, el aporte de nutrientes como fibra, proteínas, grasas, carbohidratos y sodio, además del porcentaje de Valor Diario (%VD), que permite poner esa información en contexto y comparar alternativas.
“Hoy vemos consumidores mucho más interesados en saber qué están llevando a su hogar. Ya no basta con mirar un indicador o dejarse llevar por un mensaje llamativo; existe un interés creciente por revisar los ingredientes y el aporte nutricional para elegir con mayor información”, explica la especialista.
Esta mirada también ayuda a dejar atrás la culpa que muchas veces ha acompañado la alimentación. En lugar de clasificar los alimentos entre “buenos” o “malos”, propone entender el rol que cada uno puede cumplir dentro de una dieta equilibrada.
“Durante mucho tiempo hemos asociado la alimentación con la culpa o la prohibición, cuando en realidad comer también es un acto social, cultural y de disfrute. Entender que ningún alimento, por sí solo, define la calidad de nuestra alimentación permite construir una relación mucho más saludable y sostenible con la comida”, añade Marcela Moreno.
Pequeños cambios, grandes resultados
La alimentación consciente no exige cambios radicales ni restricciones permanentes. Se construye a partir de decisiones cotidianas, como preferir alimentos con mayor aporte de fibra, revisar los ingredientes o adaptar las porciones a las necesidades de cada persona. En ese proceso, la educación alimentaria resulta clave para desarrollar mayor autonomía y evitar que las decisiones dependan únicamente de modas o recomendaciones difundidas en redes sociales.
“Hoy existen opciones elaboradas para quienes buscan incorporar un mayor aporte de fibra o alimentos con certificación de bajo índice glicémico, como los panes Kingsbury, características que pueden complementar una alimentación equilibrada. Lo importante es que cada persona encuentre alternativas acordes con sus necesidades y su estilo de vida, sin sentir que debe renunciar al sabor, al disfrute ni al placer de comer”, concluye la profesional.



